13:00 hrs. Conjunto Santander de Artes Escénicas
| Localidades | Costo |
| Platea | $ 500.00 |
| Luneta Baja | $ 450.00 |
| Luneta Alta | $ 400.00 |
| Balcón Primero | $ 350.00 |
| Balcón Segundo | $ 300.00 |
| Balcón Tercero | $ 250.00 |
| Palcos Platea | $ 450.00 |
| Palcos Primeros | $ 350.00 |
| Palcos Segundos | $ 200.00 |
| Palcos Terceros | $ 200.00 |
Programa 1
Música de cuerdas para cine
JUNIO
José Luis Castillo director artístico
Orquesta de Cámara Higinio Ruvalcaba
Ralph Vaughan Williams
Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis
Bernard Herrmann
Suite de Psicosis
Gustav Mahler
Adagietto de la Sinfonía núm. 5
Bernard Herrmann
Suite de Fahrenheit 451
Pietro Mascagni
Intermezzo de Cavalleria rusticana
NOTAS AL PROGRAMA
Música de cuerdas para cine
Desde la antigua Grecia, la música y la imagen han estado ligadas. Las representaciones teatrales donde convergían poesía, música y danza fueron la antesala de la ópera y, eventualmente, del cine. Las primeras proyecciones de los hermanos Lumière abrieron las puertas a un espectáculo que pronto requirió de la música para reforzar emociones, subrayar las tramas o mitigar el ruido de los proyectores. Así que, el cine mudo nunca lo fue del todo...
El desarrollo de la música cinematográfica pasó de las improvisaciones en piano a partituras expresamente hechas para las películas o el uso de piezas concebidas fuera del formato audiovisual que cobraron nueva vida en la pantalla, tal como sucede con la selección de obras que integran este programa.
Comenzamos con la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis de Ralph Vaughan Williams. Fascinado por una melodía del compositor renacentista, Vaughan Williams diseñó una obra para orquesta de cuerdas dividida en tres secciones que se responden mutuamente, imitando la acústica de una catedral. Esta célebre y conmovedora pieza ha sido la acompañante de filmes como Capitán de mar y guerra (2003) de Peter Weir, nominada a los premios Óscar como mejor película. En la pantalla, la música se convierte en una elegía a los compañeros caídos de la fragata británica HMS Surprise, comandada por el capitán Aubrey frente al corsario francés Acheron, un momento de consuelo y esperanza en medio de las grandes olas del mar.
La música también esculpe momentos imborrables en la memoria colectiva, como la icónica escena de la bañera en Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock. La pieza The Murder, de Bernard Herrmann, utiliza punzantes acordes de cuerdas que emulan los embates del arma sobre Marion Crane (Janet Leigh). Incluso sin imágenes, sus arcos, casi percusivos se convirtieron en un hito de la música programática al traducir el terror en sonido puro.
Ese mismo poder evocador, volcado hacia la introspección, late en el Adagietto de la Sinfonía núm. 5 (1902) de Gustav Mahler. Escrito como una declaración de amor sin palabras para su esposa Alma, este movimiento suspende el tiempo como un oasis de ternura dentro de una sinfonía trágica. Esta pieza enmarca el inicio de Muerte en Venecia (1971) de Luchino Visconti, película basada en la novela de Thomas Mann, y encarna el vaivén de los canales venecianos; el ensueño y la platónica atracción del compositor Gustav von Aschenbach en su búsqueda de sosiego e inspiración.
Herrmann reaparece con la Suite de Fahrenheit 451 (1966), película de François Truffaut basada en la célebre distopía de Ray Bradbury. El título de la obra hace referencia a la temperatura a la que arde el papel, 451 grados Fahrenheit (233 °C). La suite captura la esencia de la historia: arranca con un Preludio inquietante, para luego arrastrarnos al paso firme del camión de bomberos —dispuestos a incinerar el último rastro de literatura— y a la intimidad de Guy Montag. A través de la música, acompañamos al protagonista en su descubrimiento de que los libros no son el enemigo, llevándolo a rebelarse contra el sistema para convertirse, finalmente, en un “hombre-libro”. Herrmann fue un pilar de la composición cinematográfica, legado que construyó aliado con gigantes como Hitchcock, Orson Welles, el propio Truffaut y Martin Scorsese.
Y es con Scorsese con quien concluye el programa. El verismo operístico cobra nueva vida en Toro salvaje (Raging Bull, 1980), un filme desgarrador que le valió el Óscar a Robert De Niro como el boxeador Jake LaMotta. El contraste entre sus triunfos en el ring y la espiral destructiva de sus celos encuentra su eco perfecto en el célebre Intermezzo de Cavalleria rusticana (1890), de Pietro Mascagni. Mientras que en la ópera original esta música rodea una historia de traición y honor que culmina con la muerte de Turiddu, en la película de Scorsese funciona como un respiro engañoso: breves interludios que anticipan la tragedia del protagonista, consumido por sus propias pasiones.
Notas al programa: Montserrat Pérez-Lima